abrazo

Dale un abrazo

– Ya era hora de que llegases, llevo dos horas aquí, muerto de frío –me dijo, mientras exhalaba vapor por la boca a causa de un día gélido.

– El tuyo no es el único cuento que recojo esta mañana, he llegado en cuanto he podido. No creas que es fácil dar pedales con este viento.

– Ese es tú problema, no puedes hacer que te estemos esperando hasta que quieras aparecer. Deberías comprarte un coche –sugirió–, ya verás como llegarías antes a tus encargos.

– ¿Un coche?, olvídate, soy el faro viajero, no el coche viajero. ¿Qué gracia tendría entonces lo que hago?. Nunca me verás en un coche. Y ya te digo que llego tarde por culpa del viento, que además hoy viene en contra.

– A todos nos fastidia el viento, a ti, a mí, y a mis estúpidos padres. A todos. Y siempre viene de contra. Pero pedaleamos, y llegamos a nuestros destinos, en hora –me dijo, delatando una indignación personal, que ahora intentaba pagar conmigo.

– Yo no obligo a nadie a que me dé su cuento, eres tú el que decides dármelo. No soy tu cartero personal, eso que quede claro. Si no te gusta cómo funciono, pues me marcho y hasta otra –odiaba ponerme así con alguien, me enerva fingir indignación en momentos en los que siento indiferencia. Yo soy así, pese a quien pese, ni exijo ni admito que me exijan. Al chico le cambió la cara, y ya no sólo su nariz estaba roja por el frío, si no que toda su cara se encendió como una bombilla. Temí por su respuesta.

– Menos mal que este es el primer y último cuento que voy a darte. ¿En qué hora se me ocurrió este disparate? Escribir un cuento para que lo escondas. Si es que a veces parezco idiota.

– Allá tú, yo estoy aquí para recoger tu cuento, sea el último, o venga después todo un catálogo de ellos. ¿Lo tienes? –le espeté– Empieza a congelárseme la barba.

– Sí, sí, lo tengo. Toma –sacó el sobre que guardaba el cuento, pulcro, sin remitente ni dirección, con una palabra escrita en el centro: Estúpidos –llévalo cuando quieras, y si pretenden responderte, niégate.

– ¿Dónde quieres que lo esconda? –pregunté de forma automática.

– En esta dirección, debajo del felpudo –y cogiendo mi mano, me apuntó en ella una dirección no muy lejana. Temí que se borrase de camino, pero bueno, supuse que me acordaría.

– Perfecto, ¿algo más, o puedo marcharme ya?

– Después de esconder el cuento, llama al timbre, y si te abre la puerta, dale un abrazo a mi madre. Dile que la quiero, pero que no pienso volver. –me dijo mientras se abrochaba el abrigo y subía sus solapas hasta el cuello– Hasta otra, si es que la hay –acabó, dándose ya la vuelta y comenzando a andar por la fría calle.

– No creo que sea posible, intento no entrometerme en las vidas de los cuentos, ni de los que los escriben –le contesté con un tono más alto a causa de su ya iniciada caminata.

– No importa, lo entiendo. Pero si cambias de opinión, dale al menos el abrazo –sentenció él, girando la cabeza una última vez para mirarme con una medio sonrisa.