El Faro Viajero

– Vas en bicicleta a todos lados –sentenció ella, tan bajita y con una mirada tan altiva.

– Sí, a casi todos. Siempre que puedo.

– Y tu bici tiene un faro, pero un faro… faro, de los que se ven en la playa –continuó, impávida. Realmente no sabía muy bien como tomarme la conversación que se avecinaba. Yo soy como soy, un poco raro quizá, pero mi espejo me devuelve la sonrisa cada mañana.

– En efecto, mi bici tiene un faro de playa. Me gusta pensar que es un faro en movimiento –le solté, con una entonación que me hiciera parecer un mago medieval.

– Y te mueves a todos los sitios montado en una bicicleta vieja que tiene un faro de playa.

– Sí, claro. Esa es la idea.

– Con un faro de playa… ¿Y a quién alumbras?, porque los faros de playa están para alumbrar –quedé sorprendido ante tal pregunta. Esta chica había traspasado la línea en la que todos los demás se quedaban.

– A nadie. Los faros guían. Los faros abren caminos –contesté, de un modo que levantase su curiosidad, para darle bola a la conversación.

– ¿Y a dónde guía tu faro, o tu bici, o lo que sea?

– A lugares escondidos para que la gente los encuentre. Mi faro, o yo, que cada vez somos más simbióticos, guiamos a sitios de hoy y de ayer, a esquinas sin aristas o a rincones en una penumbra que desea ser alumbrada.

– Ah claro… por eso llevas el faro, para alumbrar esos lugares –¡vaya decepción!, esta charla estaba retrocediendo en profundidad. Quizá me equivocaba al pensar que esta chica era distinta.

– Pues no, te repito que yo no alumbro lugares, alumbro penumbras. Yo hago que personas vayan a sitios para encontrar cosas.

– ¿Para encontrar qué?

– Cuentos –la palabra mágica salió de mi boca como por arte de magia, envuelta en humo imaginario y notas musicales.

– ¿Cuentos? ¿De veras me dices que te dedicas a ir a muchos sitios diferentes montado en una bici que tiene un faro de playa, solamente para que la gente encuentre cuentos?

– No del todo, yo recorro estos lugares para que la gente pueda encontrar luego “su” cuento. Yo escondo la historia que alguien me da para que otro alguien especial la encuentre. Todos tienen un cuento, sólo que no saben dónde.

– Eres un mensajero de cuentos, como un Rey Mago, pero montado en una bici extraña –bonita conclusión, pensé, y asentí para mis adentros, decidiendo que empezaría a usar más a menudo ese paralelismo.

– Algo así, sí. Sólo que mis encargos llevan el remitente dentro de sí. Pero, en cierto modo, podría decir que soy un cartero de cuentos.

– ¿Y te va bien? ¿Vas a muchos sitios?

– Pues no me quejo. Mi bici y yo estamos conociendo muchos sitios. He llegado incluso a la orilla de Portugal –dije, buscando una cara de asombro que nunca llegó.

– ¿Y no te dan ganas de quedarte en alguno de los lugares en los que escondes historias? Yo siempre he querido ir a Nueva York.

– Pues claro que me dan ganas de quedarme, pero no puedo. Tengo muchos cuentos que esconder, y muchas penumbras que alumbrar. Yo no me estanco, soy el faro viajero –dije, subrayando en las últimas palabras una entonación especial, imprimiendo la importancia de un héroe a mi frase.

– Prometo darte, no dentro de mucho, un cuento para que lo escondas. Sólo que aún no sé quién quiero que lo encuentre.

– Sólo tienes que buscarme. Ya sabes que voy por ahí en una bici con un faro de playa.

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